La guerra por el control de la venta de drogas sumó siete asesinatos en una semana.

Mario Pereyra y Daniel Balaguer no se conocían. Pero ambos estuvieron durante años en el mismo lugar, en la cárcel de Piñero, en las afueras de Rosario. Pero no es el único rasgo que tenían en común, sino algo más complicado: ambos salieron de la prisión y fueron asesinados. Es una dinámica dentro del universo narco rosarino que se repite, cuando la libertad deja a la intemperie todos los peligros. La calle se transforma en un sitio más hostil que un pabellón del penal de Piñero.

“Los grupos narco realizan trabajos inteligencia criminal cada vez más sofisticados. Los crímenes se planifican con mayor rigor y se usan armas de alto calibre y nuevas”, consideró en diálogo con LA NACION Adrián Forni, jefe de la policía de Rosario. “Secuestramos 200 armas en cuatro meses en operativos de prevención en la calle. Antes veíamos pistolas y revólveres viejas y en mal estado. Ahora secuestramos armas nuevas”, agregó.

Balaguer, conocido como “Coyote”, en el barrio La Tablada, lo acribillaron el martes en la zona sur de Rosario, cuando un sicario encapuchado esperó que saliera de su casa y lo acribilló de siete disparos. Este hombre de 47 años, que murió mientras hablaba por teléfono, era uno de los hombres de confianza de René Ungaro, uno de los mafiosos más violentos de Rosario, que está preso por el crimen del jefe de la barra brava de Newell’s Roberto Pimpi Caminos.

En lo que va del año se produjeron 79 asesinatos en Rosario. Entre la tarde del domingo y el martes pasaron se cometieron cinco homicidios. Y este sábado otros dos jóvenes murieron al ser embocados por sicarios. Aumentó la cantidad de heridos de bala: en los primeros tres meses 215 personas fueron internadas con lesiones por armas de fuego, algo que complica al sistema sanitario en medio de la segunda ola del Covid-19. La mayoría de esos pacientes van a terapia intensiva.

Fuente: La Nación