La provincia registró en 2020 el doble de casos que el año anterior. Por qué se asemeja al emblemático estado mexicano, por el que la CIDH condenó a ese país, y cómo buscan evitar que continúe en ese camino.
Una comitiva conformada íntegramente por mujeres del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) viajaba, hace 16 años, rumbo al estado de Chihuahua, en México. En ese lugar, particularmente en Ciudad Juárez, estaban puestos los ojos de los principales organismos internacionales de derechos humanos. Algo muy grave, enquistado en el tejido social, estaba sucediendo: entre 1993 y 2008, se contaban 500 mujeres desaparecidas.
Si los cuerpos aparecían, lo hacían mutilados y con signos de abuso sexual. En 2004, la mayoría de los casos no se habían resuelto. Muchos restos continuaban sin identificarse. Las causas: irregularidades en las investigaciones policiales y judiciales y, también, en los procedimientos forenses. Debajo de la superficie de actas mal hechas o pistas mal recolectadas se escondía la misma razón por la que esas mujeres habían sido asesinadas y descartadas en algún descampado: una gruesa capa de machismo y violencia de género que se volvía a replicar sobre los cadáveres.
Un campo algodonero, ubicado en las cercanías a la ciudad fronteriza, se convirtió en emblema del fenómeno que arrasaba con las identidades femeninas. En ese lugar se encontraron, el 6 de noviembre de 2001, los cuerpos de ocho mujeres. El trabajo de la misión del EAAF en el territorio permitió confirmar los graves errores que habían cometido autoridades y funcionarios.
Con el informe forense del equipo argentino, la Corte Interamericano de Derechos Humanos (CIDH) condenó en 2009 al Estado mexicano por una larga lista de “pifies” que incluyen la fabricación de culpables, la asignación arbitraria de nombres a los cuerpos y su entrega sin identificación.
Todo esto en un contexto de frontera, tierra fértil para el crimen organizado: la trata de personas, el contrabando y el narcotráfico son moneda corriente en un sitio repleto de pasos ilegales. Un escenario geográfico similar al que se da en Jujuy, al límite con Bolivia, uno de los principales países productores de cocaína.
Aunque el número había disminuido en los últimos años, en esa provincia ubicada al norte de la Argentina, los femicidios resurgieron con voracidad en 2020 hasta duplicar, desde enero a octubre, la cifra de 2019.
La provincia del norte argentino, con unos 780 mil habitantes, guarda otra similitud con Juárez y es un susurro que emerge detrás de los números que cuentan las mujeres asesinadas y desaparecidas por estas latitudes: la inacción o ineficacia de las autoridades a la hora de investigar y prevenir crímenes salpicados por la violencia de género, según denuncian familiares de víctimas y organizaciones feministas.
En México, fueron las madres de Ciudad Juárez las impulsoras del movimiento que atrajo la mirada del mundo. En Jujuy “los padres del dolor” lideraron reclamos masivos, no solo para pedir justicia por sus hijas, si no también para exigir que se investiguen irregularidades en las búsquedas y en el trabajo de las autoridades.
A raíz de los energéticos reclamos, el 29 de octubre, la legislatura provincial sancionó la Ley de Emergencia en Violencia de Género. Estará en vigencia por dos años y buscará bajar el número de femicidios y proteger -con carácter urgente- a las jujeñas.
Dos casos espejo: Esmeralda en Juárez, Iara en Palpalá
Esmeralda Herrera Monreal desapareció el 29 de octubre de 2001 en el camino que la llevaba desde su casa a su trabajo como empleada doméstica. Tenía 15 años. El 6 de enero de ese mismo año fue encontrada asesinada en un campo algodonero de Ciudad Juárez. Había sido maniatada con cordones de zapatos.
“El cuerpo de mi hija, con tan solo ocho días de desaparecida, no tenía rostro ni cabello. Sin embargo, el resto de su cuerpo estaba desnudo e intacto”, declaró su madre en audiencia pública. Aunque la desaparición fue denunciada el 30 de octubre, no existe constancia de que la adolescente haya sido buscada por la policía. En cambio, las autoridades responsabilizaron a la familia de la víctima al decirles que “seguramente se había ido con su novio”.
A pocos metros de Esmeralda, la policía mexicana encontró dos cuerpos esqueletizados de mujeres. No eran los únicos.
“Debería haber gritado más fuerte, debí haber pedido ayuda a los soldados”, se lamentó Mónica Cunchila desde el otro lado de la línea. La mamá de Iara Rueda llora sin consuelo y no descansa desde que el día en el que desapareció su hija de 16 años. El último 23 de septiembre, la adolescente dejó su casa de Palpalá en bicicleta con rumbo desconocido para sus padres.
Cinco días más tarde, fue encontrada semienterrada en un descampado. Había sido estrangulada. Tenía los pies y las manos atadas. Mónica se ahoga en lágrimas al recordar la imagen. Y más lo hace al repasar la actuación de los responsables de la búsqueda.
“Ese día llegamos a casa e inmediatamente notamos la ausencia de Iara. Mi marido salió a buscarla y fuimos a hacer la denuncia a la brigada. Le pedí a un diputado que vive en Palpalá que me acompañe y que le pida al comisario que la busque. Salimos de ahí con la confianza de que la iban a buscar de inmediato. No sé cómo fue su búsqueda porque nunca apareció”, se quejó.
“Lo primero que pensé es que se la estaban llevando de la provincia. Una mamá conoce a su hija y sabe todas sus rutinas, pero la policía insistía con que ‘se fue con el noviecito’. No la querían buscar. Yo les explicaba que Iara había salido porque le mandaron un mensaje al celular, que la habían la engañaron con un trabajo práctico y yo necesitaba que rastreen el aparato y me respondían: ‘Muchas chicas se desaparecen y después aparecen’”, continuó.
Ante la falta de respuesta, la familia de la adolescente se hizo cargo de la búsqueda. Un sobrino la mujer rastreó el celular de Iara. También recibían llamados con información. “Todo se lo pasábamos a la brigada. Les pedíamos por favor que cierren todo, que rastrillen. Tuvieron que salir los vecinos a hacerlo. Yo la esperaba en la puerta, no dormía. Veía pasar motos, autos, pero nunca vi a la policía buscando casa por casa”.
“Fui a hablar con el fiscal y a un canal de televisión para pedir ayuda. También fui a ver al intendente (Rubén Rivarona). ‘Señora, debe haber sido una chiquilinada, ya va volver’, me dijo. Nadie me escuchaba. Me llamaban de un número desconocido y me cortaban. La última noche me habló un hombre y me dijo que quería rezar por el alma de mi hija. A mí ya no me daba el corazón. Le pedía a Dios que le de fuerzas para que se escapara de la gente que la tenía. Les supliqué que la suelten. Mi hija todavía miraba dibujitos, Cebollitas… La han engañado. Tan inocente era ella”, se lamentó la mamá de la adolescente asesinada.
“Aparentemente, a Iara la asesinaron el segundo día. Era cuestión de horas… Si ellos hubieran hecho las cosas bien, quizás mi hija hoy estaría con vida pero nadie tuvo la voluntad de trabajar. Perdieron tiempo. Hubo un sereno que nos dijo que vio una chica corriendo de un auto que la seguía, lo informamos y me dijeron ‘bueno señora, mañana lo vamos a ver’. No hicieron nada. Me decían que el informe del celular no llegaba porque era fin de semana y se demoraba porque las empresas no trabajaban. Nunca lo habían pedido. Un desastre, un abandono total. No tuvieron corazón, no les importó”. Mónica llora del otro lado de la línea.
La mujer todavía tiene sospechas sobre la forma en la que apareció el cuerpo. “El domingo me avisan que el lunes iban a hacer el rastrillaje. A las 8.30 de la mañana encontraron el cuerpo de mi hija, ¡qué casualidad! Encima esa noche hubo un corte de luz justo donde lo depositaron. Los policías no sabían ni siquiera que, desde 2015, existía el código rojo en caso de desapariciones de menores de 18 años. ¡De ellos dependía que la encuentren con vida!”.
Por el femicidio hay tres detenidos, para Mónica no es suficiente: “Espero que ahora la justicia sea real. Desde ese momento me juré que no voy a descansar. Ya no me voy a callar y no voy a parar hasta que aparezcan todos los responsables y todos los que no hicieron nada. Se lo prometí a mi hija”.
Los cuatro femicidios que levantaron a Jujuy
El caso de Iara generó indignación en Palpalá y en todo el país. Masivas manifestaciones se concentraron en las calles de la ciudad jujeña para repudiar la crudeza del crimen y la actuación de las autoridades.
– Cesia Nicole Reinaga, de 20 años, desapareció el 9 de septiembre del 2020. Su cuerpo apareció 10 días más tarde en un pozo de agua del matadero municipal de Abra Pampa.
– Roxana Mazala, de 31 años, fue estrangulada por su expareja el 29 de septiembre en su casa de Perico. Un día antes, había participado de las marchas por Iara.
– Gabriela Abigail Cruz, de 24 años, llevaba una semana desaparecida cuando fue encontrada asesinada, el 1 de octubre, en una zona de espesa vegetación en cercanías a Palpalá, la misma localidad en la que mataron a adolescente de 16 años. Incluso, los rastrillajes que se realizaban para encontrarla fueron interrumpidos por el hallazgo del cuerpo de Iara.
Las cuatro fueron asesinadas en septiembre. Para ese entonces, la provincia ya duplicaba la cantidad de crímenes contra mujeres de todo el 2019.
Sus nombres se sumaron a una lista que ya integraban Mariela Zamora, Jacquelina Arjona, Rocío Ocampo y Paola Mendez. La última víctima fue Alejandra Nahir Álvarez, una chica de 17 años que fue apuñalada por su expareja en barrio Alto Comedero. Fue el 11 de octubre. Nahir era mamá de un bebé de seis meses.
Fuente: TN


